Hay días en los que te levantas sintiendo que podrías comerte el mundo. Otros en los que lo único que quieres es quedarte bajo las sábanas. Y luego están esos momentos raros en los que algo te pasa, pero no sabes qué.
Las emociones son simple y complejamente reacciones automáticas de nuestro cuerpo y mente ante lo que nos pasa.
Muchas veces queremos controlar lo que sentimos, “No debería estar triste por esto” o “¿por qué me enfado por tonterías?” Y no funciona así.
La alegría, unas veces aparece con vivencias importantes como una promoción en el trabajo o el nacimiento de un hijo, y otras cuando tu canción favorita suena en la radio justo cuando la necesitas. No hay lógica, simplemente pasa.
La tristeza, en cambio, nadie la quiere, pero ahí está, apareciendo cuando menos te lo esperas. Puede ser por algo grande como una pérdida, o por algo aparentemente pequeño como ver una película que te recuerda a tu infancia. Y aunque duela, la tristeza también tiene su función: nos obliga a parar, procesar y soltar lo que necesita ser soltado.
Luego está el miedo, ese que te paraliza antes de una presentación importante o cuando el médico dice “tenemos que hablar”. Te pone alerta ante peligros reales, pero también inventa amenazas que solo existen en tu cabeza a las tres de la madrugada.
La rabia es aquella que llega cuando ves una injusticia que no puedes soportar. Bien canalizada puede ser motor de cambio, pero mal gestionada… bueno, todos hemos dicho cosas de las que luego nos arrepentimos.
Todas las emociones son necesarias, las positivas y las negativas porque todas cumplen una función. La clave está en saber reconocerlas cuando llegan, llamarlas por su nombre y gestionarlas para poder decidir qué hacer con ellas.
Porque al final, este carnaval de emociones es lo que nos hace sentir vivos. Con ellas somos un desastre maravilloso intentando navegar la vida lo mejor que podemos.
Si hay una fiesta que resume perfectamente el caos emocional que llevamos dentro, es el Carnaval que nos enseña algo importante: que las emociones no son enemigas a controlar, sino amigas a las que hay que dejar salir de vez en cuando.

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